Planificación, preparación física y amateurismo.

Hablar de planificación deportiva sin incluir la preparación física es quedarse a mitad de camino. Las cargas de entrenamiento, los momentos de mayor o menor intensidad, la prevención de lesiones y la relación con el calendario competitivo forman parte de un mismo entramado que necesita coherencia y, sobre todo, trabajo colectivo.
En aquellos contextos donde el entrenador principal y el preparador físico son personas distintas —situación cada vez más frecuente— la planificación deja de ser una tarea individual para convertirse en una construcción compartida. No se trata solo de repartir funciones, sino de confiar en el criterio del otro y de sostener una comunicación permanente que permita ajustar decisiones en función de la realidad competitiva.
“Yo necesito tener gente de confianza. Podemos pensar distinto, pero yo tengo que poder confiar en ellos. Ese nivel de compromiso es fundamental en un staff”.
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La frase pone el foco en un aspecto central: la planificación no se apoya únicamente en conocimientos técnicos, sino también en vínculos profesionales sólidos. Pensar distinto no es un problema; el problema aparece cuando no existe un marco común que permita debatir, consensuar y tomar decisiones en beneficio del equipo.
Desde la preparación física, esto se vuelve especialmente sensible en relación con el calendario. Los períodos sin competencia suelen ser momentos clave para el aumento progresivo de cargas, el desarrollo de capacidades físicas y la construcción de una base que sostenga el rendimiento a lo largo del año. Sin embargo, la planificación “ideal” muchas veces se enfrenta con suspensiones, reprogramaciones, torneos superpuestos o exigencias inesperadas. Allí, la capacidad de adaptación vuelve a ser determinante.
En el handball actual, la cuestión de las lesiones atraviesa de lleno cualquier intento de planificación. A diferencia de otros deportes profesionalizados, el nuestro sigue siendo mayoritariamente amateur. Muchos jugadores llegan a entrenar después de una jornada laboral, de cursar estudios o de cumplir con compromisos familiares y sociales. Ese desgaste previo no siempre se ve, pero se acumula. A lo largo de la temporada aparecen micro-lesiones, molestias persistentes y estados de fatiga con los que los jugadores aprenden a convivir para poder seguir entrenando y compitiendo. En ese contexto, planificar también implica conocer el momento del jugador, leer señales que no siempre figuran en una planilla y matizar permanentemente la necesidad colectiva con la realidad individual de cada jugador. La exigencia del calendario y los objetivos deportivos no pueden pensarse por fuera de esa ecuación.
Juan Fernández Lobbe, ex jugador y referente del rugby argentino, remarca otro punto clave del trabajo en equipo cuando señala que en un staff es fundamental planificar, que cada uno se haga cargo de un área específica y que todos estén abocados a un objetivo común. Esta idea refuerza que la planificación no es solo prever cargas o fechas, sino asumir responsabilidades claras dentro de un proyecto compartido.

Cuando esa articulación funciona, los resultados no se miden únicamente en victorias o derrotas. También se reflejan en la disminución de lesiones, en la regularidad del rendimiento, en la evolución de los jugadores y en la posibilidad de sostener un proceso a lo largo del tiempo. En cambio, cuando la planificación se fragmenta, las consecuencias suelen aparecer primero en el cuerpo de los deportistas.
Planificar en contextos atravesados por el calendario, las lesiones y el amateurismo no es una tarea sencilla. Exige leer el proceso más allá del resultado inmediato y asumir que no siempre se puede entrenar como se había previsto. En ese marco, vale preguntarse: ¿cuánto pesan las urgencias del fixture en nuestras decisiones? ¿Qué lugar ocupan la fatiga y las molestias individuales al momento de planificar cargas y entrenamientos? ¿Estamos planificando para sostener el proceso o solo para llegar al próximo partido?
A lo largo de estas tres notas apareció una misma idea, abordada desde distintos ángulos: la planificación no como un esquema rígido, sino como una herramienta al servicio del proceso. Pensarla como guía y no como dogma, proyectarla a largo plazo en categorías formativas y adaptarla a la realidad del calendario, las lesiones y las personas que integran el equipo implica asumir que ser entrenador es tomar decisiones todo el tiempo.
Quizás el desafío no sea planificar cada detalle, sino construir un marco común —entre entrenador, preparador físico y staff— que permita ajustar, cuidar y sostener el camino incluso cuando lo planificado se rompe.


