Ganar 31-10 y sentir que eres un problema

Hay un instante, justo después de los partido, donde algunos jugadores se convierten en jueces despiadados de sí mismos.
Ni el rival, ni la dinámica del encuentro, ni el resultado importan.
Solo queda una sentencia dando vueltas en su cabeza:
“Todo esto ha sido culpa mía”
Esta semana he tenido esa escena delante.
Una jugadora joven, con cara de haber fallado el penalti decisivo de una final olímpica… cuando la realidad es que su equipo acabó ganando 31–10.
Treinta
y
uno
a
diez.
Una superioridad tan clara que, para un observador externo, cualquier error individual se hubiera diluido en el tiempo.
Pero ella no lo veía.
Ni lo percibía.
Ni lo contemplaba siquiera.
Había fallado un par pases y de lanzamientos.
Y su cabeza lo convirtió en algo así como una grieta tectónica capaz de partir el planeta por la mitad.
“Si no hubiera tenido esos fallos, podríamos haber quedado mucho mejor.”
“No puedo permitirme fallar.”
Siempre.
Nunca.
Todo.
Nada.
El vocabulario favorito de los que viven en el absolutismo mental.
Y es que esto no va de errores.
Va de identidad.
Porque cuando un jugador se machaca por algo que no tiene peso real en el resultado, no está juzgando la acción…
Está juzgándose a sí mismo.
Y esa trampa es muy peligrosa.
Hay deportistas que no fallan, se condenan.
No reflexionan, se castigan.
No ajustan, se flagelan.
El fallo ya no es un dato, es un juicio moral.
Y aquí aparece el patrón mental que muchos entrenadores pasan por alto:
1. Culpa excesiva.
Todo lo negativo pasa por su filtro personal.
Si el equipo pierde, aunque ellos hayan jugado 2 minutos, su mente encuentra cómo colocarse en el centro del desastre.
2. Distorsión cognitiva.
Imaginan consecuencias catastróficas por acciones insignificantes.
“Por mi culpa podríamos haber ganado de mucho más.”
No importa que el marcador diga otra cosa.
3. Eliminación del contexto.
El resultado global desaparece.
El rendimiento del equipo se borra.
Su desempeño total no existe.
Solo queda ese maldito momento ampliado con una lupa de aumento emocional.
4. Pensamiento polarizado.
O perfecto… o inútil.
O brillante… o un fracaso.
Este patrón es muy típico en deportistas autoexigentes, inseguros o con un YO competitivo todavía frágil.
Un yo que no se ha construido y que solo se maquilla cuando aciertan o cuando se sienten aceptados, pero que cuando fallan, se sienten indignos.
Un jugador que funciona así está constantemente en guerra consigo mismo.
Cada partido es una batalla interna en la que tú tienes que estar muy atento.
El problema real no es el error, sino el significado que le dan.
Si te fijas, los fallos no duelen tanto por su impacto, sino por lo que la mente del jugador dice que representan:
– “No soy fiable.”
– “Estoy frenando al equipo.”
– “Van a dudar de mí.”
– “Soy un problema.”
Este tipo de jugadores se convierte en una versión defensiva de sí mismo.
¿Qué puedes hacer tú cuando veas esto?
Tu papel no es “animar” al jugador ni soltarle frases inspiradoras que se evaporen a los 30 segundos.
Tu papel es reconstruir su sistema de interpretación del rendimiento.
Te dejo 7 acciones reales que te pueden servir en el día a día.
1. Rompe la lupa emocional
Cuando detectes este patrón, no ataques la emoción, ataca la lupa.
Pregúntale:
– “¿Cuánto impacto real tiene ese error en el resultado?”
– “Si el marcador fuese anónimo… ¿seguirías dándole el mismo peso?”
– “¿Qué porcentaje del partido representa ese fallo?”
No busques convencerlo.
Busca que él compare: percepción vs realidad.
Ese contraste es el inicio de la recalibración.
2. Devuélvele el contexto que su mente ha borrado
El jugador está atrapado en un fotograma.
Tu trabajo es devolverle a la película.
Ejemplo práctico:
– “Has jugado 48 acciones correctas, 6 dudosas y 1 error. ¿En qué parte quieres basar tu autoconfianza?”
A muchos, esto les deja sin palabras.
Dato mata relato…
3. Cambia la conversación: de culpa a responsabilidad
La culpa es castigo.
La responsabilidad es acción.
Dile…
– “No busco que te castigues, busco que ajustes. ¿Qué puedes modificar para que la siguiente acción sea un 1% mejor?”
Ese 1% le abre espacio para respirar.
4. Hazle trabajar la reconstrucción de la identidad competitiva
Un jugador inseguro piensa en función del resultado.
Ayúdale a pensar en función de su sistema.
Pídele que, después de cada partido, escriba (3 minutos como mucho):
- Tres acciones que ha hecho bien.
- Una acción que no ha salido.
- Qué ajustará la próxima vez.
Esto crea foco, equilibrio y progresión.
Tres elementos que la distorsión cognitiva destruye cada semana.
5. Entrénale para fallar
Sí.
Tal cual.
No para evitar fallos.
Para fallar mejor.
Ponle tareas donde el error sea inevitable:
– Finalizaciones con presión extrema.
– Decisiones rápidas sin margen de corrección.
– Series donde el objetivo no es acertar siempre, sino gestionar cada fallo sin perder la acción siguiente.
Cuando un jugador entrena a convivir con el error, su identidad deja de temerlo.
Y cambia su perspectiva.
6. Refuerza el comportamiento, no el resultado
Si elogias solo cuando acierta, le estás diciendo que su valor está en el acierto.
Y así nace la culpa excesiva.
Recompensa estos comportamientos:
– Atreverse.
– Repetir la acción después de fallar.
– Mantener el criterio.
– Comunicarse.
– Ser valiente.
Eso construye identidad y elimina la distorsión.
7. Enséñale a poner el fallo en su sitio
Cuando un jugador entiende que un error es un dato técnico, no una condena personal, recupera la realidad.
Cuando lo comprende de verdad, se libera.
Dile:
– “No quiero que seas perfecto. Quiero que seas útil para el equipo. Y la utilidad no se mide en no fallar, sino en cómo reaccionas después.”
Con estas 7 acciones ya tienes suficiente para empezar a tratar a estos jugadores con un YO frágil, pero si quieres algo más elaborado que te pueda ayudar a profundizar en el tema, te dejo esto:
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¡Miles de éxitos!
Raúl.
