Vieja escuela: orden, repetición, corrección y control

Cuando se habla de “vieja escuela” en el handball, no se trata de una etiqueta descalificadora. Se trata de una forma de entender la enseñanza que durante décadas organizó la práctica deportiva: una pedagogía centrada en el orden, la repetición sistemática, la corrección constante y el control del proceso por parte del entrenador.
En este enfoque, el entrenador ocupa un lugar claramente central. Es quien define qué se enseña, cómo se enseña y cuándo se corrige. El entrenamiento se estructura a partir de ejercicios planificados con precisión, secuencias progresivas y modelos de ejecución que deben reproducirse con la mayor fidelidad posible. La idea de “hacerlo bien” está asociada a acercarse cada vez más a ese modelo ideal.
Desde una mirada pedagógica, esta concepción se vincula con lo que Fenstermacher denomina el enfoque del ejecutivo. Aquí, el docente —o entrenador— es visto como un ejecutor encargado de producir determinados aprendizajes. Su tarea consiste en aplicar las mejores técnicas disponibles para lograr resultados concretos: un sistema defensivo ordenado, una jugada ensayada eficaz, un estilo de juego reconocible.

En esta lógica, los materiales cuidadosamente elaborados tienen un papel fundamental. Muchos entrenadores poseen “su librito”: ejercicios que funcionaron, progresiones probadas, recursos que la experiencia validó. La práctica acumulada —lo que dio resultado en el pasado— se convierte en un saber legítimo que orienta la acción. La enseñanza aparece entonces como una intervención técnica orientada a producir efectos previsibles.
La corrección ocupa un lugar central. El error se detecta y se señala rápidamente para evitar su repetición. Se detiene el ejercicio, se explica de nuevo, se muestra cómo debe hacerse. El control del tiempo, del espacio y de las decisiones es alto. La disciplina, el esfuerzo y la repetición son valores estructurantes.
Durante años, esta lógica estuvo acompañada por una concepción muy difundida sobre el aprendizaje: que debía evitarse el error para no “fijarlo”. Sin embargo, entrenadores de altísimo nivel comenzaron a cuestionar esa idea. Como señala Julio Velasco:
“Por muchos años, la teoría oficial decía que hay que evitar los errores en el ejercicio, porque si no el jugador memoriza el error; esa teoría tenía una segunda pata que implica que el ser humano aprende solo de las repeticiones correctas, y esto no es así. El ser humano aprende del feedback.”
Esta reflexión introduce una tensión importante: si el aprendizaje no se construye únicamente desde la repetición correcta, ¿qué lugar le damos al error en nuestros entrenamientos?
Otro señalamiento del mismo entrenador dialoga directamente con la cuestión del control excesivo:
“A veces las tácticas muy evolucionadas en edades tempranas hacen que los chicos tomen pocas decisiones, porque está preconfeccionada esa decisión.”
Cuando las jugadas están completamente diseñadas y las respuestas previstas de antemano, el margen para que el jugador piense se reduce. La enseñanza se vuelve eficaz en términos de ejecución, pero puede empobrecer la toma de decisiones.
La vieja escuela aporta estructura, claridad y orden. En muchos contextos —formativos iniciales, grupos numerosos, situaciones que requieren organización rápida— resulta funcional y ofrece seguridad. Pero también abre interrogantes: ¿cuánto control es necesario? ¿Hasta dónde la corrección mejora y en qué momento limita? ¿Qué tipo de jugador se forma cuando la decisión está previamente diseñada?
